Las confidencias de una de sus pacientes, transcritas por Walter Riso, sirven para aclarar con un ejemplo los problemas que causa confundir el amor con cualquier tipo de apego:
"Llevo doce años de novia, pero estoy comenzando a cansarme... El problema no es el tiempo, sino el trato que recibo... No, él no me pega, pero me trata muy mal... Me dice que soy fea, que le produzco asco. Cuando estamos en algún lugar público, me hace caminar adelante, para que no lo vean conmigo, porque le da vergüenza... Cuando le llevo un detalle, si no le gusta, me grita ‘tonta’ o ‘retrasada’, lo rompe o lo tira a la basura muerto de furia. Yo siempre soy la que paga... Pero lo peor es cuando estamos en la cama... A él le fastidia que lo acaricie o lo abrace... Ni qué hablar de los besos... Después de satisfacerse sexualmente, se levanta y se va a bañar... (llanto)... Me dice que no vaya a ser que le contagie alguna enfermedad... Que lo peor que le puede pasar es llevarse pegado algo de mí..."
La queja de la pobre mujer tiene la intensidad de un relato de Borges. Podemos imaginar el horror de su existencia. El terapeuta le pregunta: "¿Por qué no lo deja?", y ella contesta, entre apenada y esperanzada:
"Es que lo amo... Pero sé que usted me va a ayudar a desenamorarme..., ¿no es verdad?".

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